jueves, 29 de noviembre de 2007

Ventana

El pasillo era largo. En otro tiempo yo pensaba que estar loco era divertido, pero al verlos allí, sentados frente a un plato de comida, comprendí que a veces la inconciencia es el peor castigo.
El doctor me guiaba por esos laberintos y me contaba alguna de las historias de esas personas, siempre con la misma voz monótona, acostumbrado a recorrer ese desierto de realidades que a mí me producía rechazo y a la vez atracción.
Mientras salíamos al patio, divagabamos en filosofías de poca importancia, cosas que sólo le interesan a la gente normal. Al cabo de un rato pedí permiso para charlar con alguno de los internados, a lo que él accedió con cierto recelo, pero luego de prevenirme de alguna posible reacción me llevó hasta uno de ellos.
El loco estaba sentado mirando la ventana, estudiándola.
-¡Hola! -dije.
Pero no recibí respuesta. Supe que para él yo no existía, que no tenía permiso para ingresar al mundo que él conocía tan bien. Entonces se rió.
Mi primer pensamiento quiso saber por qué lo hacía.
-De usted -dijo como si me hubiera adivinado.
-¿De mí? -en mis venas se produjo una extraña exitación- ¿Por qué?
Pero ya se encontraba lejos, viajando otra vez dentro de sí. Y fue en vano repetir hasta el cansancio la misma pregunta, fue en vano casi golpearlo.
Más calmado fui al encuentro del doctor quien me acompaño hasta la salida.
Pase los siguientes tres días pensando en ese pobre loco que quizá estaría contando a sus compañeros como con tan sólo dos palabras había logrado reducirme a nada.
Mi recor fue acumulándose hasta que su peso fue tal que me inclinó nuevamente hasta el sanatorio.
Otra vez el laberinto, otra vez el doctor, la ventana el loco y su respuesta:
-Porque no ve lo que yo puedo y encima, siente lástima por mí -la densidad del aire fue tal que no pude pararme. El loco seguía hablando pero ya no lo escuchaba, mi cerebro era sólo confusión por sus primeras palabras.
La risa inundaba la habitación y de nuevo mis pasos ganaron la calle, el aire puro, con ese gusto a nafta de la ciudad ¡Pero qué importaba! ¡Era libre...
La noche fue un calvario, mientras daba vueltas en mi cama pensaba que tenía que volver y ponerle punto final a la situación, que no podía ir más allá.
-Me alegro que haya vuelto -dijo despegando por primera vez los ojos de la ventana-, quiero pedirle disculpas, por favor acéptelas.
Tuve la sensación de caer. Empezamos a hablar, me contó por qué había llegado allí, me mostro ideas muy logradas acerca de la vida. Era muy amigable, tanto, que comencé a preocuparme por él, una voz me decía que debía sacarlo de allí.
Los meses pasaron y no hubo día en que yo no fuera a visitarlo, aprendí sus códigos, él los míos, me enseñó a ver su mundo y yo le enseñé cosas que con el tiempo le fueron muy benificiosas.
-Mejora notablemente -dijo el doctor-, si sigue así... es posible que le demos el alta.
Los días siguieron pasando. Ya casi era una persona normal y a pesar de toda esa alegría que sentíamos, yo extrañaba algo, tal vez el mundo en donde él había estado. Comencé a estudiar las ventanas, pero no sentí nada ni un poco de placer.
Y por fin llegó el día esperado, en dos días la libertad sería suya, ya no se encontraría nunca más allí, frente a la ventana. Y fue en ese momento en que descubrí que era esa la que tenía algo especial, no él ni yo ni ninguna otra ventana en el mundo ¡Era esa!
Comencé a contemplarla y fue maravilloso, no sé cuánto tiempo permanecí en ese trance, lo único que recuerdo, es al loco parado frente a mí, diciendo:
-Adiós.
Yo no pude evitar reir de ese pobre hombre que ya no podía ver las cosas que yo veía y encima, muy dentro suyo, sentía lástima por mí.

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