viernes, 30 de noviembre de 2007

Leyenda Arhanduhí

Los Arhanduhí cuentan así la historia de la creación...



"Cuando las tierras dejaron de trasladarse, cuando las aguas pudieron ser bebibles y los cielos se repartieron el Sol y la Luna, la Gran Madre de todo lo existente bajó a contemplar su obra.
Durante días recorrió el joven planeta sin conversar con nadie pues nadie existía. Y dijo: Este mundo carece de vida, haré criaturas que cubran de felicidad la tierra.
Así lo hizo, creo unos pocos cientos que distribuyó a su antojo, pero como ya era muy anciana y sentía un gran cansancio no se dio cuenta de que les había dado sexos diferentes.
Pasaron los días con sus noches y los seres se llevaban bien, tanto, que de su unión nacieron nuevos hombres y mujeres.
Sucedió entonces que esta descendencia, luego de muchos años comenzó a disgustarse entre sí. Las mujeres se quejaban de que los hombres trataban de dominarlas y estos a su vez las acusaban de carecer de inteligencia y de que encima tenían que trabajar para mantenerlas; también llegaron a disputarse quién influía realmente en la concepción, los dos argumentos eran iguales: sino fuera por nosotros...
La pelea continuó por siglos.
Gran Madre estaba cada día más vieja y quería retirarse, no sin antes dar paz a su mundo, el hecho de que sus habitantes fueran hostiles y que por ningún concepto aceptaran ser felices hizo crecer en ella una gran indignación.
Bajó nuevamente a la tierra y preguntó:
-¿Desean llevarse bien los unos con los otros?
Los que le sprestaron atención, le repitieron el discurso que ya conocía.
-Entonces -dijo-, yo los uniré. Hombres y mujeres serán un sólo ser que no necesitará de nadie para procrear ni de otra cosa, lo liberaré del trabajo y se alimentará de la tierra, en la que permanecerá inmóvil.
Y de este modo, Gran Madre, creó las plantas.
Luego se retiró y Gran Padre, que era mucho más joven y paciente, ocupó su lugar y el resto... es historia conocida".

jueves, 29 de noviembre de 2007

Él está ahí

A Nahuel
A Agustín


En este momento, él está a tu lado: sin moverse, sin mirarte, pegadísimo a tu hombro. Vos no lo ves, ni siquiera llegás a oírlo. No tiene un nombre definido, puede llamarse de mil formas diferentes; pero lo más asombroso de todo es que está jugando y jugando con vos.
De pronto se levanta y te mira, sus ojos tienen un tono triste que su sonrisa logra tapar. Apoya una mano en tu cabeza y no te das cuenta. Vos nada, seguís sin verlo, lees, no sos de hacerle caso a este tipo de cosas ¿Y querés que te diga algo? Me parece bien.
Aún así, sin saber por qué y cuidando que nadie lo advierta te acomodás el pelo tratando de descubrirlo; y él te abraza, en serio ¡Te abraza! quiere meterse en tu cuerpo, poseerte.
Ahora está en tu interior y empieza a hablarte, te hace creer que lo que estás pensando es tu creación, pero no. Por las dudas te mirás las manos, te palpás por todas partes y todo sigue igual... pero la verdad es que él está reconociendo su nuevo cuerpo.
...ya no existís ¿Y para qué contartelo? Ya no sos vos, sos él, apenas te acordás cómo fue que viniste a parar aquí; y el tiempo se acelera, pasa muy rápido; y de repente ya no necesitás ese viejo cuerpo y conseguís otro, con vida propia y realmente tuyo, ya no tenés que fingir ante nadie. Y el tiempo es cada vez más veloz.
El comienzo de tu vida se te hace borroso, no sabés si es un sueño u otra cosa, pero en tu memoria, crees guardar la primera vez que lo viste al viejo, cuando sentiste ese impulso loco de abrazarlo y el no se daba cuenta de nada, de nada. En ese sentido, es igual a vos.

Ventana

El pasillo era largo. En otro tiempo yo pensaba que estar loco era divertido, pero al verlos allí, sentados frente a un plato de comida, comprendí que a veces la inconciencia es el peor castigo.
El doctor me guiaba por esos laberintos y me contaba alguna de las historias de esas personas, siempre con la misma voz monótona, acostumbrado a recorrer ese desierto de realidades que a mí me producía rechazo y a la vez atracción.
Mientras salíamos al patio, divagabamos en filosofías de poca importancia, cosas que sólo le interesan a la gente normal. Al cabo de un rato pedí permiso para charlar con alguno de los internados, a lo que él accedió con cierto recelo, pero luego de prevenirme de alguna posible reacción me llevó hasta uno de ellos.
El loco estaba sentado mirando la ventana, estudiándola.
-¡Hola! -dije.
Pero no recibí respuesta. Supe que para él yo no existía, que no tenía permiso para ingresar al mundo que él conocía tan bien. Entonces se rió.
Mi primer pensamiento quiso saber por qué lo hacía.
-De usted -dijo como si me hubiera adivinado.
-¿De mí? -en mis venas se produjo una extraña exitación- ¿Por qué?
Pero ya se encontraba lejos, viajando otra vez dentro de sí. Y fue en vano repetir hasta el cansancio la misma pregunta, fue en vano casi golpearlo.
Más calmado fui al encuentro del doctor quien me acompaño hasta la salida.
Pase los siguientes tres días pensando en ese pobre loco que quizá estaría contando a sus compañeros como con tan sólo dos palabras había logrado reducirme a nada.
Mi recor fue acumulándose hasta que su peso fue tal que me inclinó nuevamente hasta el sanatorio.
Otra vez el laberinto, otra vez el doctor, la ventana el loco y su respuesta:
-Porque no ve lo que yo puedo y encima, siente lástima por mí -la densidad del aire fue tal que no pude pararme. El loco seguía hablando pero ya no lo escuchaba, mi cerebro era sólo confusión por sus primeras palabras.
La risa inundaba la habitación y de nuevo mis pasos ganaron la calle, el aire puro, con ese gusto a nafta de la ciudad ¡Pero qué importaba! ¡Era libre...
La noche fue un calvario, mientras daba vueltas en mi cama pensaba que tenía que volver y ponerle punto final a la situación, que no podía ir más allá.
-Me alegro que haya vuelto -dijo despegando por primera vez los ojos de la ventana-, quiero pedirle disculpas, por favor acéptelas.
Tuve la sensación de caer. Empezamos a hablar, me contó por qué había llegado allí, me mostro ideas muy logradas acerca de la vida. Era muy amigable, tanto, que comencé a preocuparme por él, una voz me decía que debía sacarlo de allí.
Los meses pasaron y no hubo día en que yo no fuera a visitarlo, aprendí sus códigos, él los míos, me enseñó a ver su mundo y yo le enseñé cosas que con el tiempo le fueron muy benificiosas.
-Mejora notablemente -dijo el doctor-, si sigue así... es posible que le demos el alta.
Los días siguieron pasando. Ya casi era una persona normal y a pesar de toda esa alegría que sentíamos, yo extrañaba algo, tal vez el mundo en donde él había estado. Comencé a estudiar las ventanas, pero no sentí nada ni un poco de placer.
Y por fin llegó el día esperado, en dos días la libertad sería suya, ya no se encontraría nunca más allí, frente a la ventana. Y fue en ese momento en que descubrí que era esa la que tenía algo especial, no él ni yo ni ninguna otra ventana en el mundo ¡Era esa!
Comencé a contemplarla y fue maravilloso, no sé cuánto tiempo permanecí en ese trance, lo único que recuerdo, es al loco parado frente a mí, diciendo:
-Adiós.
Yo no pude evitar reir de ese pobre hombre que ya no podía ver las cosas que yo veía y encima, muy dentro suyo, sentía lástima por mí.